CONCIERTO PARA PIANO Y ORQUESTA EN DO MAYOR K467, Nº 21
(Compuesto entre 1782 y 1783)

Agosto
 

(© Jorge Rojas Goldsack) 

 

 

Crear fue siempre la tarea de los dioses. El hombre era un simple pedazo de barro, un cacharro moldeado por el gran alfarero.
Pero un día el hombre soñó que podía imitar a los dioses, amasar la esperanza de algo nuevo. Ese día llevó el aire al interior de una caña, golpeó con un palo la piel tendida al sol, alzó su voz sonora.
Luego, grabó en las cuevas su miedo y sus deseos, dejó tendidas las palabras en tablillas, papiros, pergaminos, para fijar su estirpe, avisar de su gloria, arañar el futuro.
Levantó casas, templos, odios, ciudades, ambiciones, pintó sobre sus muros la pasión de su propio destino.
Y aquel sonido de la caña, aquel ritmo en la piel, aquel grito que ardía en su garganta, siguió acompañándole siempre.
Una tarde llegó Mozart.



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