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Crear fue siempre la tarea
de los dioses. El hombre era un simple pedazo de barro, un cacharro
moldeado por el gran alfarero.
Pero un día el hombre soñó que podía imitar
a los dioses, amasar la esperanza de algo nuevo. Ese día llevó
el aire al interior de una caña, golpeó con un palo la
piel tendida al sol, alzó su voz sonora.
Luego, grabó en las cuevas su miedo y sus deseos, dejó
tendidas las palabras en tablillas, papiros, pergaminos, para fijar
su estirpe, avisar de su gloria, arañar el futuro.
Levantó casas, templos, odios, ciudades, ambiciones, pintó
sobre sus muros la pasión de su propio destino.
Y aquel sonido de la caña, aquel ritmo en la piel, aquel grito
que ardía en su garganta, siguió acompañándole
siempre.
Una tarde llegó Mozart.
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